Amores de Cementerio
El sol hacia su presencia imponente en las mañanas Huamanguinas, las palomas levantaban las alas perezosas tratando de ocultarse de los rayos solares, el humo en las chimeneas de los tejados indicaban que ya estaba en preparativo los suculentos desayunos.
Mamá siempre me despertaba a la misma hora, sin importar si era feriado o fin de semana, por que despertarse fuera de la hora era robar el tiempo a Dios y había que hacer algo,
-Dudu, despierta hijo, hoy tenemos que ir al cementerio a visitar a tu abuelita, hoy es día de la madre-,
menudo actividad que lo aceptaba renegando, por que no comulgaba con el pensamiento tradicional, cultural y/o histórico de mi tierra, que no me vio nacer pero si crecer, ya que cada festividad tradicional se tenia que cumplir a rajatabla, lo contrario era una ofensa y rebeldía para el pensamiento familiar.
Mamá estaba ahí como todos los días, ajetreada con las labores de experta cocinera haciendo los malabares para el desayuno por su día, corría a abrazarla feliz con mi tarjeta que lo había preparado por varios días atrás, incentivado por mis profesores, era único ese momento, feliz yo de entregarle mi regalo.
Ir al cementerio fue todo un protocolo, por que mamá aplicaba sus conocimientos y se convertía en una maestra experta que me daba clases,
-Dudu las flores tienen que tener este color, de esta variedad, de este tamaño de tallos, en grandes cantidades y a bajo costo -.
Y frente al nicho de mi abuelita era una experiencia tan similar como la primera, lavar los floreros, traer agua y limpiar el nicho, y al final venia la calma, al rezar por el alma de mi matriarca.
Hoy volví a ir al cementerio a visitar a mi mamá, unos días antes del día de la madre, por las razones ya expuestas, quería hablar con ella, preguntarle como estaba, si en estos días había hablado con Dios, y contarle todas mis hazañas y mis aventuras quijotescas.
Las enseñanzas de una experta maestra no podía olvidarlas, así que hice lo que había aprendido de niño en los protocolos de florería y limpieza de nicho. Hable largo y tendido como antaño, me contó sus travesías, su experiencia en el cielo y sus actividades diarias, hice lo propio, me despedí y salí presuroso por que ya cerraban las puertas de fierro de la verdadera casa de todos.
Lo que me llamo la atención al entrar al cementerio, fue ver a una pareja sentados en una de las tantas bancas de piedra, hablaban amenamente, sonreían, cogidos de la mano, como si estuvieran en el jardín del edén, creo que ni cuenta se dieron de mi presencia. No encontraron mejor lugar para platicar, fuera del bullicio de los vehículos de todo tipo y de toda clase, del polvo, de los ambulantes y de las personas nada discretas. Se abrazaron como si reafirmasen algún pacto previamente discutido y aceptado, se tomaron de la mano y salieron felices.
Me quede viéndoles hasta que se perdieron en el horizonte, nunca se me había pasado por la mente tener como cita romántica las instalaciones de un cementerio, no se si suena romántico, pero si ingeniosa y única, mas las mías eran citadinas y públicas.
Hola
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